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13 marzo, 2019

De fisuras, amor y supervivencia: sobre la magistral película japonesa “Somos una familia”

Ganadora en la última edición Cannes y nominada a los Oscar a “Mejor película extranjera”, la última obra del prestigioso realizador nipón Hirokazu Koreeda es, al mismo tiempo, una historia sobre los sectores marginales en la isla y una mirada íntima sobre cómo las familias generan sus propias normas para sobrevivir

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Shoplifters, película ganadora del festival de Cannes en la edición del 2018 y reciente nominada a los Oscar a Mejor película extranjera, es la última obra de Hirokazu Koreeda, director de otras destacadas piezas como De tal padre, tal hijo; Después de la tormenta o (muy recientemente) La tercera hermana.

Quienes conocen la filmografía de Koreeda saben en general de algunas constantes de su cine. Koreeda es un realizador hábil para filmar escenas realistas y cotidianas, capaz de darle dinamismo a situaciones de apariencia banal; también un director que en sus mejores películas (After LifeNadie Sabe y la presente Shoplifters) sabe cómo ir por caminos que parecen acercarlo al cliché para sortearlo de manera inteligente, y también de paso un realizador obsesionado con cuestiones que tienen que ver con la dinámica familiar.

Justamente, Shoplifters se estrenó abajo el título de Somos una familia, elección extraña por parte de la distribuidora porque podría dar la impresión de que estamos ante una película esperanzadora o tierna, cuando en verdad se trata de un largometraje con varios momentos oscuros y sorpresas hacia el final que convendrá no adelantar.

Su inicio encuentra a un chico llamado Shota entrando a un supermercado acompañado por un adulto que presumimos podría ser su padre y que responde al nombre de Osamu. Cada uno camina por lugares distintos dando la impresión inmediata de que podrían estar planficando algo delictivo. Efectivamente, lo que se está planificando es un hurto, y el que lo ejecutará será Shota en complicidad con Osamu, quienes han elaborado incluso un juego de señas propio para poder extraer cosas de locales sin ser vistos. Una escena después, Osamu le comprará a Shota comida y le hablará de un martillo que robó y que le permite romper casi cualquier cosa.

Hay una frase de Anton Chéjov que dice que si hay una escopeta en el primer acto de una obra de teatro, es seguro que tendrá que escucharse un tiro en el tercero. En el contexto de una película como Somos una familia, la mención al martillo y la fuerza de este parece ser en algún punto un anuncio de que encontraremos algún tipo de violencia posterior. Es imposible saber, no obstante, cómo se manifestará. Koreeda filma el hurto de una manera extraña: con la presencia de una música amable que le da a la escena una característica tranquila, y con un intercambio de miradas de los personajes que nos hacen sentir que no hay el menor grado de malicia en esos actos.

Se hace imposible ver entonces quién es en principio realmente este adulto que le enseña al chico a robar, si es alguien que está usando al chico de manera perversa, o si es simplemente una rara forma de relación paterno-filial que tiene que entenderse en determinado contexto.

Con el correr del metraje pareciera que las cosas se inclinan hacia la segunda posibilidad. Osamu y Shota son parte de una familia de clase baja de Japón que se ha inventado una suerte de sistema propio de supervivencia entre los que se encuentra el robo de productos de supermercado para sobrevivir en el día a día.

No es lo único que hacen estos miembros de la familia para poder mantenerse. Habrá una abuela que cobrará una pensión, otra chica que hará trabajos de lavandería y otra que se dedicará a hacer espectáculos eróticos atrás de un vidrio. El último miembro de esta familia será Yuri, una nena que Osamu y Shota encuentran en la calle, y que decidirán integrar a su pequeña comunidad tras sospechar que padece abusos de sus padres.

Con una trama así, cualquiera podría pensar que Somos una familia es una película plagada de golpes bajos. Sin embargo, una de las grandes bondades del film consiste en una mirada por parte del director que escapa tanto del sentimentalismo barato como de los golpes de efecto. De hecho, hay una sobriedad esencial en el tono que maneja Koreeda, una forma de filmar lo terrible que hace que esto se vuelva perfectamente tolerable para el espectador.

Un ejemplo es el momento en que Yuri habla de que era golpeada por sus padres. Se trata de una escena en la cual ella se encuentra en un vestidor con la que podría denominarse que es su nueva familia. En ese momento, Yuri dice algo que ella cree incorrecto y le pregunta a su nueva madre “¿no me pegarás”?. Es interesante el instante porque es fugaz, filmado en un discreto plano medio y sin ningún tipo de música efectista (de hecho, no hay casi primeros planos ni música de fondo en buena parte de esta película). Por el contrario, hay una sobriedad ejemplar, que deviene no sólo de la necesidad de Koreeda de no caer en un sentimentalismo ramplón, sino de que entendamos inmediatamente que para una nena de cinco años como Yuri, esa violencia no es vivida (al menos no conscientemente) como algo traumático, sino como algo natural y cotidiano.

En esa misma línea similar de no salirse de un punto de vista, se encuentran las escenas en las que Koreeda filma a uno de esos miembros familiares trabajando en espectáculos eróticos. Allí la vemos a ella junto a otras chicas haciendo poses sensuales frente a personas que la miran detrás de un vidrio. Una decisión interesante que toma Koreeda consiste en nunca mostrar qué es lo que ve el vouyer del otro lado del vidrio. Al contrario, a Koreeda parece interesarle solamente lo que pasa del otro lado, y lo único que encuentra es un grupo de chicas que hace su trabajo como una rutina desganada, y que hace sus movimientos sensuales con un espíritu mecánico carente de todo erotismo.

Y acá radica, posiblemente, aquello en lo que más quiere enfocarse Koreeda. No tanto las circunstancias sociales de los personajes, sino la forma en la que ellos adaptaron su propia realidad para crearse códigos propios y formas de entender su cotidianeidad. Si a lo sumo a Koreeda le atraen esas circunstancias sociales, es para ver más bien cómo personas a las que el sistema dejó afuera, decidieron crear sus propias leyes, y hasta sus propias identidades -los cambios de nombres serán una constante en una película como Shoplifters– para poder volver todo más tolerable.

Por supuesto que este tipo de situaciones donde los trabajos marginales, los abusos, o los comportamientos por fuera de la ley hechos de forma cotidiana, no pueden sostenerse por mucho tiempo, y parte del interés de Koreeda será también ir viendo cómo esos códigos propios y ciertas situaciones aberrantes sostenidas como cotidianas irán resquebrajándose de a poco.

En esa última etapa habrá una situación en la cual un personaje le pregunta a Oshamu si no le daba vergüenza enseñarle a un chico como Shota a robar. La respuesta de Oshamu será “es lo único que sé hacer, ¿qué otra cosa podría enseñarle?” No deja de ser fascinante la reflexión. Oshamu no termina siendo otra cosa que un padre interesado en enseñarle algo a su hijo. Que ese algo sea robar hace que a ojos externos no parezca otra cosa que una aberración. Sin embargo, para nosotros como espectadores, que fuimos al mismo tiempo testigos y acompañantes de esa familia, esas razones se nos vuelven al mismo tiempo comprensibles y extrañas.

Después de todo, en estos contextos, quizás lo que vimos durante la película no fue otra cosa que una dinámica familiar que fue también con sus errores y aciertos, con sus ternuras y bajezas, una dinámica de supervivencia.

Fuente: Infobae

Link: https://www.infobae.com/america/cultura-america/2019/01/28/de-fisuras-amor-y-supervivencia-sobre-la-magistral-pelicula-japonesa-somos-una-familia/